Resumen
La historia natural de la acromegalia ha cambiado de manera sustancial durante las últimas décadas. La mayor disponibilidad de herramientas diagnósticas, el perfeccionamiento de la cirugía hipofisaria y el desarrollo de terapias farmacológicas eficaces han permitido que un número creciente de pacientes alcance el control bioquímico de la enfermedad y experimente una mejor expectativa de vida. Paradójicamente, este éxito terapéutico ha desplazado el foco de atención hacia un desafío igualmente trascendental: comprender hasta qué punto el control endocrinológico modifica el riesgo cardiovascular y cuáles son las estrategias necesarias para reducir de manera efectiva la morbimortalidad en estos pacientes.
El exceso crónico de hormona de crecimiento (GH) y del factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 (IGF-1) induce una compleja cascada de alteraciones estructurales, metabólicas y funcionales que comprometen prácticamente todos los componentes del sistema cardiovascular. La hipertensión arterial, la resistencia a la insulina, la diabetes mellitus, la dislipidemia, la cardiomiopatía acromegálica, las valvulopatías y los trastornos del ritmo cardíaco no representan entidades aisladas, sino manifestaciones de un mismo proceso fisiopatológico que evoluciona lentamente y cuyos efectos pueden comenzar muchos años antes del diagnóstico clínico. Precisamente, esta evolución silenciosa explica por qué algunos pacientes continúan presentando complicaciones cardiovasculares incluso después de alcanzar un adecuado control hormonal.
Citas
Ardila Castañeda N, Álzate Gutiérrez A, Guerrero Bermúdez CA, Gutiérrez Jaimes BA, Builes Montaño CE. Rev Colomb Endocrinol Diabet Metab. 2026;13(2):e987. https://doi.org/10.53853/encr.13.2.987

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